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![]() Extraída Para mi mamá, Paulina (1926-2000) Cuando salgo a mi jardín, todo lo que deseo es un mundo con sordina, pero por ahí viene mi vecino el engreído, el que se distingue por pronunciar las palabras mal en dos idiomas, el que se cree demasiado inteligente para trabajar. O cuando estoy agachada debajo la higuera buscando el higo más prieto y dulce—de pronto aparece mi vecina anciana, asomada entre las ramas corales de buganvil brindándome pedacitos de su mente como aperitivos. Y no es que ella no me agrade— porque de verdad me encanta verla tan llena de vida a los 85, tan despejada, sus ojos brillando como las ventanas de una casa bien cuidada, como la de ella, la que compró en el 1947, la que está en su propio nombre y no el de su esposo. Pero lo que pasa es que cuando en fin dejo mi trabajo abandonado adentro, sobre mi buró, deseo el mundo mudo, deseo nada más que las enrredaderas silenciosas de mi mente hurgando lugares oscuros—sangre-dulce— como una lengua explorando el hueco de una muela extraída.
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